Mi relación con los juegos de rol se podría dividir en dos ámbitos, el aspecto social, cuando me siento alrededor de una mesa o cuando hablamos de juegos de rol en redes sociales y el aspecto íntimo, cuando leo un manual en mi casa en ropa interior, cuando preparo una partida o cacharreo con algún juego para matar el tiempo mientra espero a ese amante que no da llegado.
Lo que me interesa son esos lugares donde esos dos mundos confluyen. Escribir en este blog es uno de ellos. Siempre me ha dado mucho pudor que se me notase mi yo interior. Hay momentos en los que puedo mostrarme más dispuesto y otros en los que corro tapar mis vergüenzas cuando me siento sorprendido.
Jugar al rol es una de estas zonas de tránsito. Tanto en el papel de jugador cuando proyecto algo mío en el personaje que estoy jugando o como de director de juego cuando llevo a la mesa todas esas cosas que he preparado en la intimidad de mi casa.
Si yo lo estoy haciendo, podría deducir sin miedo a equivocarme que los demás también se comportan de manera similar. Y es muy bonito saber que hay un poquito de mis amigos en cada uno de sus personajes. Que poco a poco nos vamos conociendo mejor mientras descubrimos ese maravilloso mundo interior que hay en el otro.
Podríamos quedarnos en el plano de los coches y el fútbol, en la novedad editorial, en el sistema de juego. Y pienso que realmente es más provechoso abandonar esos lugares comunes y tratar de verbalizar nuestra experiencia.
Podría explicar en cierto modo porqué a los quince minutos de jugar a juegos de rol con alguien percibes a esa persona como un amigo. Incluso con gente con la que no congenias en la mesa se puede llegar un fuerte vínculo de pertenencia.
En algunos manuales de juego se ha descrito la experiencia de jugar al rol como similar a la de una banda improvisando. Esa conexión íntima en la que lo mío se diluye en lo nuestro. Lo que Greg Stafford llamó We are all us. ¡Es tan fácil establecer paralelismo entre el juego de rol y el ritual! Ese espacio de lo común al otro lado de la experiencia.
Compartimos historias que se forman en la mesa de forma colectiva y conservamos recuerdos de momentos que nunca fueron. Contar historias es una costumbre que se remonta a tiempos ancestrales. Al contar historias aprendemos cosas sobre nosotros mismos. Contar historias es una poderosa herramienta cultural. Probablemente la mejor arma para aventurarse en los dungeons de la incertidumbre que nos han tocado vivir.
Tu déjate llevar.
Cuidaos mucho y jugad partidas preciosas.
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